(Por Cristian Paladino) – Hay historias que cuando finalmente encuentran su lugar en el mundo parecen inevitables. Como si todo hubiese estado escrito desde el principio. Pero la realidad suele ser bastante distinta. Detrás de cada llegada hay desvíos, puertas cerradas, momentos de incertidumbre y una enorme cantidad de tiempo invertido lejos de las cámaras.
La convocatoria de Marcos Senesi a la Selección Argentina para disputar el Mundial 2026 en Estados Unidos, México y Canadá, luego de la lesión de Leonardo Balerdi, inevitablemente me llevó a recorrer muchos años hacia atrás. No al defensor consolidado de Europa ni al futbolista de Premier League que hoy aparece entre los elegidos por Lionel Scaloni. Me llevó a recordar al chico que vi crecer en las canchas del fútbol formativo de San Lorenzo.
Porque algunas historias uno las cuenta por información. Otras, porque estuvo ahí.
Marcos Senesi nació el 10 de mayo de 1997 en Concordia, Entre Ríos. Su vínculo con el deporte apareció temprano y de forma natural. Entre una infancia atravesada por una familia muy presente y largas jornadas de club, había una imagen que quienes lo conocieron de chico recuerdan con claridad: Marcos caminando con una pelota en la mano acompañado por una perra Rottweiler.
La pelota estaba siempre. En el Club Salto Grande encontró ese espacio que para tantos chicos termina siendo una segunda casa. Iba caminando o en bicicleta, encontraba la manera de entrar aunque estuvieran cerrados algunos accesos y se quedaba durante horas. Probó rugby, tenis y fútbol, pero el tiempo fue dejando claro cuál era el lugar al que siempre regresaba.
En ese recorrido inicial hubo personas importantes que acompañaron cada etapa. Sus padres estuvieron presentes en cada entrenamiento y en cada cancha, siguiendo cada paso con una cercanía permanente. También su entorno familiar y especialmente su abuelo Pancho, boxeador, con quien compartía tardes de pesca, paseos en moto y momentos que marcaron esa etapa de crecimiento.
Como sucede con muchos chicos del interior, llegó el momento de salir a buscar oportunidades. Primero apareció Boca Juniors. Pero aquella posibilidad ni siquiera llegó a convertirse en prueba. No hubo evaluación futbolística ni devolución deportiva. Simplemente no tenía la documentación requerida y ese intento quedó interrumpido antes de empezar.
Más adelante llegó Argentinos Juniors. Esta vez sí hubo prueba. Y la respuesta tampoco fue la esperada. Le dijeron que no era más que lo que tenían en esa categoría.
Quizá en ese momento nadie imaginaba que años más tarde aquel mismo chico terminaría siendo convocado para representar a la Selección Argentina en una Copa del Mundo.
El fútbol tiene esa capacidad de dejar en evidencia que los tiempos de desarrollo no siempre responden a las primeras impresiones.
En 2009 apareció el momento que cambiaría todo. Marcos llegó a San Lorenzo acompañado por Norberto Soares, el querido y recordado “Norbi”, reconocido hincha azulgrana, hombre de tribuna, integrante de ¨La Gloriosa¨ y de la ¨Barra Eterna¨, además de uno de los mejores amigos de Ricardo Senesi, su padre.
Norbi estaba convencido y creía que Marcos tenía condiciones y empujó para que fuera a probarse. Del otro lado estaba Carlos Orsi, que por aquellos años trabajaba como entrenador del fútbol formativo de San Lorenzo y fue quien tuvo el primer contacto futbolístico con él dentro del club.
La historia tuvo algo de simple y mucho de decisiva. Hubo una primera prueba. Volvió una segunda vez.
Y ahí apareció algo que después terminó acompañando toda su carrera: la convicción.
Le preguntaron si quería seguir buscando oportunidades en otros clubes. Respondió que no. Le gustaba San Lorenzo. Y eligió quedarse. Desde ese momento comenzó un recorrido que desde Semillero Azulgrana tuvimos la posibilidad de seguir muy de cerca.
Con el paso de los años entendí que hay algo que las estadísticas nunca alcanzan a explicar del todo. Los procesos. Porque una cosa es descubrir que un jugador llegó. Otra muy distinta es verlo construirse.
Recuerdo mañanas y tardes en Ciudad Deportiva donde el contexto era completamente distinto al que rodea hoy al fútbol profesional. Poca gente alrededor, entrenamientos silenciosos, el sonido seco del botín golpeando la pelota, los rechazos en las alturas, las indicaciones de los entrenadores y esa sensación permanente de que cada jornada era una oportunidad más para crecer.
Y ahí estaba Marcos. Si alguien busca una historia del juvenil que desde los doce años parecía predestinado a Primera, probablemente no la encuentre acá. No era el distinto. No era el que resolvía partidos solo. No era el nombre que más ruido generaba. Lo que terminó separándolo del resto fue otra cosa. La disciplina. La constancia. La manera de entrenarse. La forma de convivir con el proceso.
Con el tiempo empezó a potenciar virtudes y corregir defectos. Su contextura física cambió, ganó presencia, consolidó una personalidad fuerte dentro de la cancha y empezó a convertirse en una referencia defensiva de la categoría 1997, llegando incluso a portar la cinta de capitán en distintos momentos.
Había rasgos que ya aparecían con claridad. Su juego aéreo. Su capacidad para anticipar. La limpieza para recuperar. La serenidad para resolver situaciones complejas. Y algo que con los años terminó siendo una marca registrada: la salida desde el fondo.
Senesi nunca fue el marcador central que entendía el rechazo como única solución. Siempre mostró intención de iniciar el juego, de encontrar un pase limpio, de cambiar de frente con precisión y de darle continuidad al funcionamiento colectivo.
Entre los entrenadores que más huella dejaron en aquellos primeros años aparece también José María Martínez, uno de los formadores que acompañó su crecimiento y que encontró una manera directa y clara de llegarle.
La llegada a Primera División llegó cuando tenía apenas 18 años. Debutó el 25 de septiembre de 2016 frente a Patronato, en Paraná, por el Campeonato de Primera División. Y una vez que logró continuidad, se acomodó al profesionalismo con naturalidad.
De aquella categoría 1997 también llegaron a debutar jugadores como Gabriel Rojas, Nicolás Zalazar, Franco Moyano, Héctor Acevedo y Emanuel Maciel, pero el recorrido de Senesi siguió tomando vuelo.
En 2019 llegó Feyenoord. El fútbol europeo lo encontró preparado. No solo se adaptó: evolucionó. Ganó herramientas tácticas, creció técnicamente y terminó consolidándose como uno de los centrales más valorados del fútbol neerlandés.
Después llegó Bournemouth. La Premier League.
Y más recientemente, la decisión de abrir una nueva etapa en Tottenham Hotspur.
Pero en el medio hubo otra elección que también habla de una manera de entender el fútbol. Tuvo la posibilidad de representar a Italia. Esperó. Eligió sostener el sueño argentino. Y hoy esa decisión encuentra uno de sus momentos más importantes. La convocatoria al Mundial. Cuando se conoció la lesión de Leonardo Balerdi y se abrió una vacante en la lista, el nombre de Marcos apareció entre las posibilidades. Y finalmente llegó.
Mientras muchos hoy descubren al defensor que jugará una Copa del Mundo, inevitablemente vuelvo a aquellas tardes de Ciudad Deportiva. Porque una cosa es escuchar una historia. Y otra muy distinta es haber visto cómo empezó. Por eso esta convocatoria emociona. Porque no se trata solamente de un futbolista que llega al Mundial. Se trata de un recorrido. De años. De formación. De paciencia. Y del privilegio de haber estado cerca para ver cómo un chico que alguna vez no pudo probarse por falta de documentación y al que le dijeron que no era más que otros, terminó encontrando su lugar entre los mejores del mundo.



