
(Por Cristian Paladino) – A más de once mil kilómetros de Boedo, en una pequeña localidad suiza rodeada de montañas, lagos y paisajes alpinos, un argentino decidió transformar su pasión por San Lorenzo de Almagro en una herramienta de integración, educación y formación para decenas de niños. Su nombre es Juan Cruz Quirno Costa, tiene 48 años, vive en Suiza desde hace 25 y desde 2017 impulsa la Escuelita Dragones Azulgranas de St. George, un proyecto que encuentra sorprendentes puntos de contacto con el espíritu que llevó al Padre Lorenzo Massa a fundar San Lorenzo hace más de un siglo.

La historia de Juan Cruz con el Ciclón comenzó en Bariloche, donde nació y creció. En aquellos años, cuando el acceso a la información era mucho más limitado que en la actualidad, seguir a un club desde el interior del país no resultaba sencillo. Su padre era hincha de Chacarita Juniors, pero él encontró rápidamente su propia identidad futbolera. Todavía hoy no sabe con certeza si fue la influencia de haber cursado desde jardín de infantes en el colegio Don Bosco, vistiendo diariamente un delantal azul con corbata roja, o si simplemente se sintió atraído por aquellos colores que identificaban a San Lorenzo. Lo concreto es que, cuando apenas tenía cinco años y el equipo transitaba los tiempos de la Primera B, ya se había declarado hincha azulgrana.

Durante su adolescencia alternó entre Bariloche y Buenos Aires, donde pasaba buena parte de los veranos. Más adelante, entre 1996 y 1999, se instaló definitivamente en la Capital Federal y comenzó a seguir al equipo a todas partes junto a la recordada ¨Banda de Martínez¨. Sin embargo, el destino terminaría llevándolo mucho más lejos de lo que imaginaba. Primero vivió dos años en Alaska y luego, en 2001, llegó a Suiza casi por casualidad. Allí conoció a quien sería su esposa y construyó una nueva vida en St. George, una localidad de apenas mil habitantes ubicada a mil metros sobre el nivel del mar.
El fútbol nunca dejó de acompañarlo. Entre 2002 y 2006 jugó en la segunda división suiza defendiendo las camisetas de Yverdon y Signal Bernex, experiencia que le permitió conocer de cerca otra cultura deportiva. Con el tiempo continuó jugando de manera amateur, pero fue observando una necesidad concreta en la comunidad donde vivía que comenzó a gestarse la idea de crear una escuela para los más pequeños.
Juan Cruz recuerda que durante su infancia tuvo experiencias poco agradables dentro del fútbol formativo. Entre los 9 y los 11 años convivió con situaciones que le generaban más angustia que disfrute. La presión de algunos padres y entrenadores por ganar a cualquier costo terminaba alejándolo de aquello que más le gustaba: jugar. Esa vivencia personal fue determinante a la hora de pensar el proyecto que años después pondría en marcha en Suiza.
En 2017, luego de advertir un importante crecimiento de la población infantil en la región, decidió fundar la ¨Escuelita Dragones Azulgranas¨ de St. George. Su intención nunca fue crear una academia destinada a producir futbolistas profesionales ni un espacio obsesionado con los resultados. El objetivo fue mucho más sencillo y profundo a la vez: ofrecerles a los chicos un ámbito donde pudieran socializar, hacer actividad física, aprender valores y desarrollar una relación saludable con el deporte.
La iniciativa fue creciendo de manera sostenida. En estos casi nueve años, alrededor de 75 chicos y chicas pasaron por la escuela. Actualmente participan unos 14 niños de entre 4 y 7 años, quienes encuentran allí un espacio de aprendizaje y diversión. A partir de los ocho años, Juan Cruz los deriva a clubes oficiales para que continúen su desarrollo deportivo dentro de las competencias federadas.
Para cualquier hincha de San Lorenzo existe un detalle que vuelve todavía más especial esta historia. Todos los chicos entrenan y juegan con la camiseta azulgrana. Además, reciben material deportivo identificado con los colores del club y participan periódicamente de charlas en las que conocen la historia de la institución, sus orígenes y los valores que inspiraron su nacimiento. Dos veces por año también realizan visitas para presenciar encuentros de Lausanne Sports y Servette de Ginebra, acercándose así al fútbol profesional.
Resulta imposible no encontrar en este proyecto ciertos paralelismos con la obra que desarrolló Lorenzo Massa a comienzos del siglo pasado. El sacerdote salesiano entendió que el deporte podía ser una extraordinaria herramienta de inclusión, formación y contención para los jóvenes. Más de cien años después, en un pequeño rincón de Suiza, un hincha de San Lorenzo lleva adelante una tarea que conserva esa misma esencia. No se trata únicamente de enseñar a patear una pelota o de organizar entrenamientos. Se trata de generar un espacio donde los chicos aprendan a convivir, respetarse y crecer junto a otros.
El proyecto logró además alcanzar una estabilidad que le permite sostenerse por sus propios medios. Las cuotas de los participantes cubren los gastos operativos, cuenta con el acompañamiento de sponsors y hasta posibilitan remunerar a dos jóvenes que colaboran con las actividades. El municipio aporta las instalaciones deportivas y durante el invierno, cuando las bajas temperaturas dominan la región, los entrenamientos se trasladan a un gimnasio cubierto.
Quizás uno de los aspectos más llamativos sea que Juan Cruz no busca reconocimiento personal. Por el contrario, manifiesta que ¨le gustaría recibir de San Lorenzo herramientas que le permitan profundizar aún más el conocimiento sobre las bases filosóficas y educativas impulsadas por Lorenzo Massa para incorporarlas a su metodología de trabajo¨. Su inquietud no pasa por recibir beneficios materiales, sino por encontrar nuevas formas de transmitir aquellos valores que considera fundamentales.
En momentos en los que la realidad institucional de San Lorenzo suele generar preocupación e incertidumbre entre sus socios e hinchas, historias como la de Juan Cruz Quirno Costa permiten observar otra dimensión del club. Una dimensión que no aparece en los balances ni en los resultados deportivos, pero que explica gran parte de su vigencia y de su enorme capacidad de trascender fronteras. Porque mientras en Argentina se debate sobre el presente y el futuro de la institución, en una pequeña localidad de Suiza decenas de chicos aprenden a compartir, respetar y disfrutar del deporte vistiendo los colores azulgranas.
Es allí donde reside el verdadero valor de esta historia. En comprobar que el legado de Lorenzo Massa continúa vivo. En entender que San Lorenzo sigue siendo capaz de generar pertenencia a miles de kilómetros de distancia. Y en descubrir que, entre los Alpes suizos, existe un cuervo que todos los días demuestra que el sentimiento no conoce fronteras.




